Hoy hace 45 añitos que nací. Llegue a este mundo sobre las 6 de la tarde en el Puerto de Santa María, Provincia de Cádiz, como segundo hijo y primer varón de mis padres, Juan y Pilar. Resulta evidente que como todos, pocos son los recuerdos de aquellos primeros días, meses o años, aunque son tantos los recuerdos del resto de mi vida que sería injusto perderme entre pantalones cortos, recuerdos del colegio o compañeros de aventuras, travesuras, riñas, gamberradas o primeros amores. Sobre todo porque ahora, hoy, el día de mi cumpleaños solo quisiera tener el don para ser capaz de agradecer a mis padres, el haberme concebido, cuidado, educado y formado para ser y haber llegado hasta aquí.
A mi madre. Una mujer como cualquiera de las mujeres de entonces, más preocupada por su familia y su casa que por ella misma. Una mujer fuerte por las circunstancias que fue capaz de criar y educar sola a sus cuatro hijos, sin olvidar ni dejarnos olvidar a su marido, nuestro padre, ausente y presente en cada uno de los momentos más importantes de nuestras vidas. Una mujer de las de aquella España típica y sin tópicos, capaz de sonreírnos mientras sus mejillas eran cruzadas por las más amargas lágrimas que se pueden llorar por las noticias del último temporal en alta mar, donde mi padre dejaba su vida por darnos todo lo que el nunca tuvo ni podría disfrutar. Cuantas tardes de invierno, caminamos hasta el entonces locutorio de la calle Larga, cogidos de la mano, para esperar la llamada de “La costera” y repetir el ritual de la espera nerviosa, sentada con mi hermana a su lado y mi hermano, más pequeño en su regazo, mientras observaba nerviosa cada gesto de la operadora tras cada toque del timbre. Cuanto miedo simulado en juegos cansinos para mitigar la espera hasta recibir la bendita llamada, observándola cuando por fin sonreía mientras nos acercaba al vetusto aparato y tras un “te quiero” el consabido “cambio” para oír lejana y entrecortada la respuesta emocionada de nuestro padre, su marido.
Mi padre. De quien puedo contar que por aquellos años sabíamos que volvía a casa por las señales involuntarias de nuestra madre, mucho más nerviosa que de costumbre, mirándose al espejo de la sala mucho más que de costumbre y, más empeñada que de costumbre en acostarnos temprano sin querernos desvelar la sorpresa, quizás por el miedo a que no se hiciese realidad. Recuerdos de aquellas noches de tensa espera, oyéndola pasear por su habitación o casi saltando de la cama al oír cualquier ruido en la calle, hasta que por fin se oía la llave entrando en la cerradura, intentando no despertarnos y cerrar la puerta con el mismo sigilo. Pero lo que mejor recuerdo, tanto que sin gran esfuerzo puedo recrear como entonces, era el aroma característico a “Varón Dandy” mezclado con suave el olor gasoil que, antes incluso de entrar en nuestra habitación, precedía su camino y como no, el cálido beso en la mejilla mientras nos arropaba o su figura recortada mientras salía sigiloso de nuestra habitación, casi de puntillas. Para no perderme en aquellos recuerdos, puedo resumirlos diciendo que hasta mis 17 años no comenzamos a vivir el día a día con nuestro padre, por fin ya en tierra firme.
Un padre y una madre tan especiales y únicos como todos y cada uno de los padres y madres de cada uno de nosotros. Un hombre y una mujer, que a pesar de la distancia supieron vivir su vida siempre con la esperanza en el mañana sin dejar de disfrutar su presente ni añorar el pasado... En este caso, ni siquiera ahora pueden disfrutar el uno del otro, de la soledad de su compañía, de sus planes o sus sueños para estos días que solo se tendrían el uno al otro. Ahora el peso del paso de los años, se ha vengado separándolos por la distancia de la memoria y el fruto de tanto trabajo. Si ella me reconociera solo unos minutos, si el se pudiera levantar ese mismo tiempo, quisiera abrazarles y desearles un muy feliz día de nuestro cumpleaños.
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