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8.5.06

Una de mentira...

Llevo más de quince líneas rotas intento comenzar algo que sería muy simple en teoría o, que cuando menos por la cantidad de veces que lo he repetido, debería resultar de lo más simple... Como coser y cantar. Y todo porque estoy intentando dar pie a una de mis historias cortas, de las que mil veces escribo en mi mente, tan extensas como el tiempo que sea capaz de mantener la mirada en mi objetivo o tan cortas como lo rápido que se cruza en mi camino o yo en el suyo. Tanta jerga para explicar uno de mis vicios más inconfesables. Me invento la vida de la gente, que si bien suena muy mal, se trata de algo tan inofensivo como observar a personas que por sus gestos, sus pasos, su sombra o porqué si o porqué no hacen saltar la chispa de mi imaginación revistiéndoles de una vida que en realidad nunca sabrán que les ha tocado, por unos minutos, vivir en la cavidad más oscura de mi cabeza.

Esta misma mañana, hastiado de una jornada que resultaba larga, apática o como canta Luz Casal, “un día gris o marrón”, me asomé a la terraza sin ánimo alguno e nada, ni atraído por causa alguna. Justo en ese momento llamó mi atención una chica que cruzaba la calle sin que, en realidad hubiera llamado mi atención por nada en concreto, ni su belleza, su cuerpo o su aspecto justificaban que clavase la mirada en ella hasta que se perdió en una esquina. Quizás su forma de caminar, rezumando hartazgo de todo, su forma de llevarse el cigarro a los labios, quizás la forma de balancear la cabeza, como quien lleva el ritmo de una melodía cansina o simplemente porqué si. Lo cierto es que de pronto me descubrí rescribiendo su vida.

Se llamaba “Cheli” o así la conocían en su barrio. “La Cheli”. La niña del quinto piso de un bloque en cualquiera de los muchas urbanizaciones o barrios que aún nos recuerdan la España de los patronatos y las cooperativas de la dictadura. La niña sin edad que nunca aprovecho las clases, por poco que asistió al colegio, que decía tacos ya de pequeña y las otras niñas temían gracias a las historias, ninguna verdad, que contaban de ella y que todos los chicos del barrio se “habían cepillado” si que ninguno realmente hubiera tenido el valor tan siquiera de acercarse a ella. La amiga que ninguna madre como amiga de sus hijas o como novia de sus hijos. “La Cheli” malvivía gracias a la vida que se le suponía, sin que nadie nunca hubiera sido testigo de ninguna de las mismas historias que contaban de ella... Nadie le vio pegar a una niña por mirarla con desprecio, ni nadie la había visto golpear en la entrepierna a aquel chico que se atrevió a invitarla a bailar en las fiestas del barrio. Nadie fue testigo de la vez que la detuvieron por “bajarse las bragas” con un viejo en su coche. Todos la habían oído gritar mientras discutía con su padre, la oyeron bajar las escaleras de su bloque mientras maldecía su suerte o gritaba desde la calle las glorias de su padre. Todos la veían simulando la mirada entre cuchicheos y chismes a media voz. Nadie era consciente que para ella, ellos, no eran nadie. Nadie la quería y todos le temían sin tan siquiera conocer su nombre.

“La Cheli” algún día, tras una noche de copas, cansada de “beberse la vida sin haberla vivido” quizás lo dejase todo sin dejar la vida y nunca la volverían a ver ni a oír. Seguro que entonces se contarán el caso de su muerte, su entrada en prisión o su encierro en el psiquiátrico... Que ya se veía venir!!

Hoy tocaba

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